Entendamos un poco más a las olas. Yo, la ola.

“Yo, la ola“ narra el nacimiento de las masas de agua que nos hacen disfrutar estos días. Quizás, el próximo día que acudamos a ver el mar,  podamos entender a las olas de una manera nueva. Nada te enseña más sobre algo, que su origen.

Nací hace aproximadamente cuatro días en un lugar llamado Porcupine Bank, a doscientos kilómetros de la costa suroeste de Irlanda. Fui producto, como todos mis hermanos, de unos vientos terribles y de la acumulación de nubes negras. Al menos, eso fue lo primero que ví al nacer. Al principio era bastante grande, y me asemejaba a uno de esos humanos de pocos años de vida que luchan por tenerse en pie. Me movía de un lado a otro, con mis hermanos alrededor, adoptando formas que asemejaban a montañas mientras la lluvia golpeaba mi negra superficie.

Nací hace aproximadamente cuatro días en un lugar llamado Porcupine Bank, a doscientos kilómetros de la costa suroeste de Irlanda. Fui producto, como todos mis hermanos, de unos vientos terribles y de la acumulación de nubes negras. Al menos, eso fue lo primero que ví al nacer. Al principio era bastante grande, y me asemejaba a uno de esos humanos de pocos años de vida que luchan por tenerse en pie. Me movía de un lado a otro, con mis hermanos alrededor, adoptando formas que asemejaban a montañas mientras la lluvia golpeaba mi negra superficie.

Recuerdo que aquel primer día de mi vida, entre las luces de los relámpagos y el silbar de mi padre el viento, mis hermanas y yo tuvimos el primer contacto con los humanos. Un barco se encontraba en medio de nuestra llegada al mundo, y parecía festejarlo con tanto jolgorio como las aves marinas que lo rodeaban, sin parar de lanzar lastimeros gritos. Aquel barco parecía alegrarse de ver nuestro nacimiento; no paraba de moverse, de arriba a abajo, su proa atravesando a mis hermanas como si quisiese abrazarlas, y ellas envolviéndolo en caricias juguetonas. Los hombres a bordo del barco, en cambio, gritaban bastante, y no parecía gustarles aquel maravilloso día de truenos, vientos huracanados y cortinas de lluvia.

No lo entiendo. Los días en que nacemos son maravillosos. Pasaron un par de horas y mi padre el viento anunció que se había aburrido de aquel lugar y que le apetecía descubrir nuevos mares al norte antes de desaparecer y morir. Nosotras, sus hijas, queríamos acompañarle, pero él nos explicó, con su silbante y fuerte voz, que no todas podríamos hacerlo.

Así, con un fuerte empujón, nos envió hacia el sur. “Nunca paréis de avanzar, jamás os desviéis, caminad siempre recto. Nada es más poderoso aquí que vosotras”, nos dijo mientras se alejaba, rumbo al frío norte, creando más hijas a su paso que le escoltaban como su fuesen un rebaño de ovejas dóciles. Así pues, hicimos caso a nuestro sabio padre y emprendimos el camino hacia el sur. Sin embargo, el poderoso empujón que nos había dado empezó a perder fuerza cuando habíamos avanzado unos centenares de kilómetros, y notamos como cada vez nos hacíamos más pequeñas y débiles. Algunas de mis hermanas desaparecieron sin dejar más rastro que lisas superficies de mar, mientras que al resto nos invadía la angustia.

En el momento en que dábamos todo por perdido, asumiendo nuestra muerte allí, en la frontera sur del Mar Celta, apareció un nuevo viento y con él sus hijas.

Éste era más debil que padre, y no tenía ese poder para crear a su alrededor rayos y truenos, pero era un viento sabio que nos salvó la vida; “juntáos y seréis lo suficientemente fuertes como para seguir avanzando” nos dijo mientras nos proporcionaba un nuevo empujón hacia el sur.

Algunas de sus hijas, que eran bastante más debiles que nosotras, se nos unieron y nos enseñaron cómo debíamos juntarnos. Así, varias de mis hermanas más débiles se apretaron a mi alrededor, abrazándome con amor y dotándome de una inmensa fuerza que me hacía avanzar sin apenas esfuerzo y rápidamente.
Miré a mi alrededor; el resto de mi familia se agolpaba por delante y detrás de mí, como si fuésemos militares marchando en parada. Según avanzábamos más millas, mejor nos ordenábamos, pero también ibamos quedando menos; algunas de mis hermanas más débiles no habían conseguido aferrarse a las fuertes, y desaparecieron en medio del mar sin hacer ruido.

Dos días después de mi nacimiento llegamos a aguas más cálidas, surcadas por enormes bancos de peces que nos hacían cosquillas en las tripas.
Entrábamos en el Mar Cantábrico, un lugar que a todas nos evocaba tiempos de gloria para nuestros antepasados; allí, uno de mis viejas hermanas había llegado a medir veintiséis metros, rompiendo una gran boya puesta por los humanos para controlarnos, antes de morir contra las rocas de la costa. Aquella historia era famosa, y yo estaba orgullosa de pertenecer a la misma familia que aquella enorme hermana.

Seguíamos avanzando sin oposición, fuertes y poderosas, camuflándonos bajo la superficie para que el viento y la lluvia no frenasen nuestro frenético avance.
Pasamos bajo grandes barcos de pesca, ferrys blancos y cargueros alargados, que apenas notaban una ligera ondulación cuando pasábamos bajo su casco.
Sin embargo, yo me notaba a rebosar de energía; mis hermanas y aquellas hijas del viejo viento que nos había guiado hace un par de días me habían dotado de una fuerza enorme, y yo podía pensar en otra cosa que en avanzar, avanzar y avanzar, tal como me había dicho mi padre el día de mi nacimiento en aguas irlandesas.
De pronto, vi como algunas de mis hermanas situadas por delante frenaban súbitamente su avance. Tan rápido nos movíamos, que no pude ni preguntar. De pronto, choqué contra una gigantesca pared que me hizo tropezar y perder gran parte de mi impulso, perdiendo aquella excelente forma con la que había surcado el Golfo de Vizcaya y deformándome. El gigantesco escalón no era otra cosa que el anticipo de la costa, las defensas de la tierra contra nuestra fuerza, el prólogo que señalaba que nuestro final se acercaba. Me invadió una cólera inmensa. ¿Qué hacía allí ese muro y por qué me daba esa cuchillada? Algunas de mis hermanas más débiles desaparecieron; no tenían fuerza para avanzar más allá.

La gran plataforma había podido con ellas. Pero yo seguía, y aunque con menos fuerza que en alta mar, me acompañaba un importante grupo de hermanas, las más fuertes y decididas. Estábamos furiosas por la desaparición de nuestras parientes más débiles y tomamos la decisión de no seguir escondiéndonos; levantamos nuestras gigantescas cabezas, tomando forma de enormes montañas líquidas, y nos dispusimos a buscar barcos contra los que descargar nuestra ira.
Sin embargo, las aguas estaban desiertas. Los humanos debían de haber sido alertados de nuestra cercanía; cada día era más difícil sorprenderles.

Las gaviotas nos sobrevolaban y nos contaban historias. Sus ancianos habían visto cómo nuestras antepasadas engullían flotas enteras. Pero nosotras avanzamos y avanzamos sin encontrar nada ni a nadie.

El gigantesco escalón que nos había frenado iba, kilómetro a kilómetro, disminuyendo en altura, empujándonos hacia la superficie y aumentando nuestro enfado; odiábamos ser comprimidas de aquella manera, nos agobiaba y sufríamos. Echábamos de menos la holgura de alta mar, donde podíamos expandirnos sin límites.
Al cuarto día de nacer, una de mis hermanas situadas al frente anunció que nos aproximábamos a la costa. Todas nos pusimos nerviosas, aunque sabíamos que allí encontraríamos la muerte. Pero así es nuestra vida.
En ese momento ya no hacíamos ningún esfuerzo por ocultarnos. Asomábamos casi la totalidad de nuestros cuerpos por encima del mar, oteando el horizonte, ansiosas por ver el lugar donde desapareceríamos. Ya era tarde para cambiar el rumbo.
Vi un enorme faro al borde de un gigantesco acantilado de color gris, coronado por un manto de hierba. Pasamos a su lado, esquivándo el cabo donde estaba situado aquel faro por apenas un centenar de metros, aunque algunas de mis hermanas más despistadas no pudieron apartarse de aquellas agudas rocas y murieron, con una gran explosión de espuma, contra las lisas paredes.

Yo seguí, ansiosa, mi camino hacia un lugar más digno de mi fuerza y belleza. Pero de repente, se alzó ante mi un segundo cabo, menor que el anterior, que se interponía en mi camino, demasiado cerca como para apartarme.

Impacté contra la dura roca y el golpe me desgarró. Grité, elevando al cielo espuma y agua, pero aquello no fue mi final; mi fuerza era demasiada, mi poder venía de demasiado lejos y la inercia de mi avance, gigantesca.

Pero fui mutilada contra aquella masa de roca, sintiendo que gran parte de mis fuerzas me abandonaban, arrastrándome a duras penas, viendo todo borroso a mi alrededor. Ante mí, tras el cabo, se abría un nuevo paisaje. Un gran abra sin obstáculos, limitada por una ancha playa de arena dorada y tras la que se veían los edificios de una ciudad de humanos.
Algunas de mis hermanas seguían intactas, y se despidieron de mí mientras corrían a estrellarse contra una isla, coronada también por un faro, deseosas de engullirla y saciar su ira contra aquel peñasco solitario. Junto a aquella isla se elevaba una península coronada por un palacio blanco, rodeado de árboles, y la línea de costa rebosaba vida. Aquel paisaje era bonito; iba a morir, al menos, en un lugar bello.
Realicé un empujón final, ansiosa por acabar con el sufrimiento que me acompañaba tras haber chocado contra aquel cabo, y me dirigí a la playa.
Había humanos flotando en la costa, y ví que algunos jugaban con mis hermanas más pequeñas y débiles, poniéndose de pie sobre sus grupas mientras éstas iban desapareciendo y muriendo. Aquello me encolerizó; no dejaría que a mí, una ola nacida en las negras aguas irlandesas, me cabalgase ningún humano raquítico. Tenía un orgullo que conservar tras verme continuamente golpeada durante aquellos días. Llegué frente a los humanos y ya, dejado atrás todo complejo, me erguí ante ellos mostrándoles toda mi fuerza y poder, sacando todo mi cuerpo fuera del agua. Vi en sus diminutos rostros temor y miedo, y algunos soltaron sus blancas tablas ante la visión de mi poder. Estaba exhultante; iba darles un buen revolcón a aquellos burlones seres. Pero uno de ellos no parecía impresionado por mi poder; se acercó a mí y dejó que mi enorme fuerza le empujase.

Grité de rabia y dejé caer mi cuerpo hacia delante; quería engullir a aquel humano que se atrevía a jugar conmigo. Pero él se levantó, y mientras yo rugía y moría contra la dura arena, se metió en mi interior, viendo mis entrañas, mientras yo no podía hacer otra cosa que soltar espuma y rugir, contemplando mi final y siendo atravesada por aquel humano, que no parecía tener prisa por salir de mi.
Sin embargo, al final, segundos antes de que me llegase la muerte, salió por una pequeña abertura, mi último soplo de vida, gritando como un loco y levantando los brazos.
Y antes de desaparecer, pude oír lo que gritaba, eufórico.
-¡Madre mía, santo tubazo!

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